Insomnio

Se lo fue advirtiendo por activa, por pasiva y hasta por reflexiva.
Lo hizo por la mañana, por la noche, y algunas veces, por teléfono.
También a voces. También sin voz, pero por escrito. Una vez trató en silencio.
Alguna tarde lo intentó con risas que, inevitables, se trocaron en sal.
Por ahí leyó que era bueno hacerlo con velas y vino. Tan solo consiguió enturbiar la oscuridad.
Lo probó con todo y se quedó sin nada. Al final, un mal día, se rindió.

− ¿Cuándo dejaste de quererme?, le escuchó preguntar desde el fondo del insomnio.

No consiguió responder.
También se le habían muerto las palabras.

Alejandra Díaz Ortiz

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